
Dr Gerardo Vetter| Reflexión: adicciones, sociedad y familia
Las adicciones no son un fenómeno aislado ni individual: son un síntoma que interpela a toda la sociedad. Detrás de cada consumo problemático hay una historia, un contexto y, muchas veces, un entramado de vínculos que no lograron sostener, contener o escuchar a tiempo.
Como comunidad, solemos reaccionar desde el miedo o el rechazo. Aparece la tendencia a excluir, a señalar al otro como “el problema”, asociándolo rápidamente con la delincuencia o la peligrosidad. Sin embargo, esta mirada simplifica una realidad mucho más compleja. La persona con adicciones no surge de la nada: es parte de una familia, de un barrio, de una sociedad que también participa —directa o indirectamente— en su construcción.

Históricamente, lo diferente o lo que genera incomodidad fue apartado: desde los antiguos leprosarios hasta los manicomios. Hoy, el desafío es otro: integrar en lugar de excluir. Entender que el sufrimiento psíquico, al igual que cualquier enfermedad, requiere abordaje, acompañamiento y espacios adecuados dentro del sistema de salud y la comunidad.
En este sentido, las adicciones pueden pensarse como un lenguaje: muchas veces expresan aquello que no pudo ser dicho. Lo que no se habla, lo que no encuentra lugar en la palabra, aparece en el síntoma. Por eso, promover el diálogo, habilitar la escucha y generar confianza son herramientas fundamentales para la prevención y el tratamiento.

Aquí el rol de la familia es clave. Es el primer espacio de contención, donde se construyen los vínculos, la identidad y las herramientas emocionales. Una familia funcional no es perfecta, pero sí es capaz de acompañar, poner límites, escuchar y revisarse. Preguntarse “¿qué podemos mejorar?” en lugar de buscar culpables es un paso esencial.
También es importante comprender que la voluntad, por sí sola, muchas veces no alcanza. Las adicciones requieren abordaje profesional, redes de apoyo y un entorno que no juzgue, sino que acompañe. Insistir con frases como “poné fuerza” puede aumentar la culpa en quien ya está atravesando una dificultad profunda.

Como sociedad, tenemos una responsabilidad compartida:
No negar ni invisibilizar el problema
Evitar la estigmatización
Comprometernos con la prevención
Fortalecer los vínculos desde la base: la familia
Finalmente, integrar no significa justificar conductas dañinas, sino comprender para poder intervenir mejor. Solo a través de la empatía, la reflexión y el compromiso colectivo es posible construir respuestas más humanas y efectivas frente a las adicciones.
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