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Cuarenta años defendiendo personas: la historia de Ana María Mayerhoefer y una vocación que nunca dejó de ser humana

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Cuarenta años defendiendo personas: la historia de Ana María Mayerhoefer y una vocación que nunca dejó de ser humana

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Después de cuatro décadas en la Defensoría Oficial, Ana María Mayerhoefer transita el cierre de una etapa marcada por la vocación, los desafíos y, sobre todo, por una profunda mirada humana hacia quienes llegaron a sus manos buscando una oportunidad de ser escuchados y defendidos.


Hay profesiones que se ejercen y otras que se abrazan. Para Ana María Mayerhoefer, la abogacía fue desde el comienzo mucho más que una elección laboral: fue una vocación que terminó convirtiéndose en una forma de vida.


Nacida en Montecarlo, recuerda que su historia con el Derecho comenzó cuando apenas cursaba séptimo grado. Fue una docente quien le preguntó si quería ser abogada. La respuesta llegó casi sin pensarlo: “Yo voy a ser abogada”.


Con los años, aquella certeza se transformó en realidad. En 1987 tuvo la oportunidad de ingresar al Poder Judicial como secretaria Civil, Comercial, Laboral y de Familia. Esa experiencia le permitió recorrer distintas ramas del Derecho y adquirir una formación que luego sería fundamental para el camino que elegiría.


En 1991, con acuerdo de la Cámara de Diputados, comenzó a desempeñarse como Defensora Oficial.
Y allí, según sus propias palabras, su vida se transformó en una pasión.


Defender antes que juzgar
Para Mayerhoefer, ser Defensora Oficial significa mucho más que conocer las leyes.
“Cuando llega una persona a la Defensoría, no está llegando una persona que se ha visto involucrada en un evento. Llega un ser humano”, explicó durante una entrevista en MultimediosGénesis, dejando en claro una de las ideas que atravesaron sus cuatro décadas de trabajo.

Esa mirada fue el corazón de su tarea.
La Defensoría acompaña a personas que no pueden acceder a un abogado particular y, en el ámbito penal, interviene desde el inicio de una investigación hasta la culminación del proceso, incluso durante la ejecución de una sentencia.
Lesiones, abusos sexuales, daños, usurpaciones y homicidios forman parte de la compleja realidad que deben abordar.


Pero detrás de cada expediente, Ana María aprendió a mirar un rostro, una historia y una vida.

Un caso que todavía guarda en el corazón

Entre tantos expedientes, hubo uno que quedó especialmente marcado en su memoria.

Hace muchos años tuvo a su cargo la defensa de una mujer acusada por la muerte de su pequeño hijo de apenas dos años. Ana María también tenía por entonces un hijo de esa misma edad, muy parecido al niño del caso.


La situación la atravesó profundamente.
Contó que llegó a llorar en su casa y que necesitó hablarlo con su familia. Sin embargo, su tarea profesional exigía separar el dolor personal de la responsabilidad jurídica. Finalmente, logró que la mujer fuera sobreseída, porque las condiciones legales así lo permitían.


Aun así, muchos años después, aquel caso permanece en su corazón.
Porque ser defensora también significó aprender a convivir con preguntas que no siempre tienen respuestas sencillas.
“¿Será que hice bien? ¿Será que hice mal?”, recordó.


Con el paso del tiempo, reconoce que aprendió a tomar distancia emocional y a mirar cada causa desde una perspectiva estrictamente jurídica. No porque haya perdido sensibilidad, sino porque necesitó desarrollar herramientas para poder sostener una profesión en la que las historias humanas muchas veces pesan.


Una batalla diaria
La tarea de un defensor oficial no termina cuando finaliza el horario laboral.
Ana María contó que muchas veces las causas continuaban ocupando sus pensamientos durante la tarde y hasta la noche. Hubo noches sin dormir pensando cómo resolver un caso o qué estrategia podía ser la más adecuada.
*En la Defensoría, además, el trabajo se sostiene en equipo.*


Las distintas opiniones, las discusiones y las miradas de sus secretarias fueron durante años una herramienta fundamental para encontrar soluciones a situaciones que parecían no tener salida.


“Muchas veces solucionamos problemas que parecían insolubles”, contó.
La dimensión del trabajo también puede medirse en números: alrededor de 800 nuevas causas pueden ingresar en un año, a las que se suman los expedientes anteriores que continúan en trámite.
Una tarea enorme que exige conocimiento, carácter y, sobre todo, humanidad.


La preocupación por las adicciones
Entre las realidades que más le duelen de su trabajo, Ana María señala una problemática que atraviesa a gran parte de las personas que defiende: las adicciones.


Según explicó, alrededor del 85% de sus defendidos presenta algún tipo de consumo problemático o adicción.


Drogas, alcohol, medicamentos y hasta el juego forman parte de una problemática que, para ella, necesita ser abordada desde mucho antes de que una persona llegue al sistema penal.


Detrás de muchos delitos, observa historias de falta de oportunidades, vulnerabilidad y personas que necesitan ayuda para poder salir de situaciones que muchas veces las superan.
Y allí vuelve a aparecer su mirada esencial: antes que un expediente, hay una persona.


El momento de cerrar una etapa
Después de 40 años en el Poder Judicial, Ana María está transitando el camino hacia su jubilación. El gobernador aprobó su renuncia sujeta a la jubilación y actualmente se llevan adelante los trámites correspondientes ante el IPS, a la espera de la decisión del Superior Tribunal de Justicia.
Pero cuando una vocación ocupa buena parte de una vida, retirarse no significa necesariamente dejar de aportar.


Hace poco recibió una invitación que sintió como un verdadero regalo: fue convocada para ser evaluadora de tesis de colegas que realizan una Maestría en Ciencias Penales.


Ella misma lo definió como “un regalo de Dios”.
Después de tantos años aprendiendo, defendiendo y acompañando, ahora podrá continuar aportando desde otro lugar, transmitiendo parte de todo aquello que construyó durante cuatro décadas.


También fue docente durante ocho años en la Facultad de Derecho de la Universidad Gastón Dachary y realizó una Maestría en Ciencias Penales en Corrientes, experiencia que recuerda especialmente por la posibilidad de compartir y debatir cara a cara con grandes profesores y colegas de distintas provincias.


*Una profesión que volvería a elegir*
Si pudiera volver 40 años atrás, la respuesta de Ana María es contundente.
Volvería a elegir la misma profesión.
Volvería a ser defensora.
Porque, aunque reconoce que fue una tarea difícil, absorbente y muchas veces dolorosa, también asegura que la abogacía le llenó el corazón y el alma.


Su familia fue testigo de esa entrega. Sus hijos crecieron viendo cómo el trabajo continuaba en casa, cómo las causas ocupaban conversaciones y cómo algunas noches mamá no podía dormir pensando en cómo resolver un problema.


Quizás por eso ninguno de sus hijos eligió el Derecho: uno es ingeniero agrónomo y el otro, licenciado en Educación Física.


Pero si hay algo que Ana María espera dejar como legado es una enseñanza sencilla y enorme a la vez: quien llega a una Defensoría no es solamente un expediente, una causa o un imputado. Es una persona.
Y esa fue, durante 40 años, la manera en que ella decidió ejercer su profesión.


Ahora se prepara para cerrar una etapa. Pero las historias, las enseñanzas y las personas que acompañó quedarán como parte de una vida profesional construida desde la convicción de que, aun en los momentos más difíciles, la justicia también necesita humanidad.

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